martes, 25 de abril de 2017

Se ha escrito sobre todo.

Ya no sé sobre qué escribir. Se ha escrito sobre todo.
Sobre el molde de la cadera tan suave como una caricia, la danza de las muchachas bajo el sol de Fredonia, la camisa color naranja del hombre en el remolque, y el brillo de la virgencita en la mesa de noche.
Se ha escrito sobre todo.
Sobre el viaje turbulento entre la vida y la muerte, el color de los tallos de una flor naciente, las pestañas alargadas de un vistazo de amor, y las mejillas coloradas de una Lolita.
Se ha escrito sobre todo.
Sobre la fila de carros extendida por las calles en la ciudad, el hombre que acaba su vida viajando en el ajedrez del parque, a la que llaman puta pero sólo está en la esquina, y la playlist de algún aficionado a la vida. Sobre los fuegos artificiales en un cuarto de julio que nunca hemos vivido, la sonrisa amable de un desconocido en el tren, los olores producidos por la nostalgia de una recuerdo, y el reloj que marca las doce menos cuarto antes de un nuevo año. Se ha escrito sobre todo. Sobre mí, incluso. Y yo sigo escribiendo sobre nada, sobre ti, incluso.
Se ha escrito sobre todo, tanto, que casi parece que no se puede escribir sobre algo realmente.

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